Su Santidad Juan Pablo II envió al Arzobispo Presidente del Pontificio
Consejo Cor Unum, S. E. Monseñor Paul Josef Cordes, a El Salvador para
que Lo represente en este País con motivo del gran sufrimiento (muertes,
destrozos, precariedad, etc.) que allí padecieron a causa del enorme
terremoto habido la semana anterior. Mons. Cordes se entrevistó con el
Nuncio Apostólico, el Presidente de la República, la Conferencia
episcopal, las Organizaciones de caridad, familiares y paisanos de las víctimas,
etc. El día 24 celebró, en la Catedral Metropolitana de San Salvador, la
Santa Misa por las víctimas del terremoto (más de 700 contabilizadas
hasta el momento), a conclusión de la cual, dijo estas palabras:
EI Santo Padre fue uno de los primeros quien se ha hecho portavoz del
sufrimiento de vuestro País. Durante la oración del Angelus del 14 de
enero El ha subrayado su paterna cercanía a ustedes y pidió a la Iglesia
universal de hacerse instrumento de comunión y de condivisión con los
hermanos golpeados por el terremoto. Asimismo se apeló también a los
responsables de las naciones para que ayuden a Su País que está viviendo
una situación tan dramática.
Las palabras del Santo Padre tuvieron un eco impresionante: las
Iglesias locales, grupos de Caritas, ONG católicas, diferentes gobiernos
han ofrecido su ayuda. Todo eso sirve para enfrentar los primeros y más
grandes daños. Esta ayuda tiene que ser distribuida según criterios de
justicia. Me alegro que las instancias del Estado hayan pedido a la
Iglesia católica de distribuir las ayudas a los más necesitados. A pesar
de que esto represente una labor más fatigante para la Iglesia, es sobre
todo un signo de la confianza y de la credibilidad que la Iglesia católica
ha logrado en este País a través la honestidad de tantos fieles.
Pero la ayuda material no es suficiente. El hombre no vive de sólo
pan. Quiere también ser sostenido por la simpatía, por la proximidad
humana y la cercanía de sus hermanos. No quiere solo cheques, sino también
una actitud de compasión y de participación a sus sufrimientos.
Esta es la razón por la cual el Papa me envío desde Roma: para dar a
ustedes un signo de humanidad. Yo quería esperar unos días antes de
venir porque tenía diferentes compromisos. Pero El insistió: "Vaya
Usted pronto". Esto es una demostración que El no utiliza solo
palabras, sino que tiene un corazón que sufre con ustedes.
El Papa mismo sufre y resiste con un espíritu fuerte contra el dolor.
Durante el pasado Jubileo trabajó corno un joven en el pleno de sus
fuerzas. De esta forma siempre está cerca de aquellos que se encuentran
mal, de 1os miserables, de los enfermos. El Papa tiene un corazón para
los pobres, los marginados, los que fueron golpeados por la desgracia. Y
también nos da un ejemplo, para que no olvidemos la esperanza en Dios.
Por cierto, se pregunta en frente de estos acontecimientos: ¿Porqué?
¿Porqué Dios permite este dolor? Yo también me lo he preguntado. Dios
tal vez lo permite por una mentalidad nuestra que puede ser 1lamada
fatalismo, o sea una inactividad que no asume la responsabilidad, a la
cual el Señor nos llama.
Y sin embargo hoy, rezando el Oficio de las Lecturas, he leído una
homilía de Juan Crisóstomo, uno de 1os más grandes padres de la Iglesia.
Esta lectura me ha dado una respuesta que también quiero presentar a
ustedes.
"El apóstol Pablo pregunta: ¿Es que el alfarero no es dueño de
hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos
despreciables? (Rm 9, 19). ¡No creas que Pablo diga esto para negar la
libertad de la voluntad del hombre¡ No: quiso mucho mas expresar que Dios
en sus disposiciones es libre... Pablo no quiere explicar el motivo de las
decisiones de Dios. Inclínate en cambio en humilde adoración y pórtate
como el barro: como éste se adapta a las manos del alfarero, así tu adáptate
a la voluntad de Dios... aún si no comprendes el misterio de su sabiduría".
Tenemos que aceptar nuestra condición de hombres con humildad. Pero
también sin resignación. Ayer le pregunté al Arzobispo Fernando: ¿Qué
tal con el alma del pueblo? ¿Está muy deprimido? ¿Está triste o pasivo?
Y me contestó claramente que no. El pueblo de El Salvador nunca pierde su
energía. Esto me lo confirmaron hoy los responsables de las comisiones
diocesanas para la emergencia. Y esto me alegró mucho. Por eso: ponen
juntas vuestras energías para la reconstrucción. Y no pierdan la
confianza en Dios quien nos quiere - aún si no siempre lo comprendemos.
Concluyendo, agradezco a ustedes que han venido a esta celebración.
Quiero agradecer a los pastores y a cuantos en la Iglesia están ayudando
a la población de este País en un momento de tanto sufrimiento. A mi
regreso a Roma diré al Papa que la Iglesia de El Salvador ha reaccionado
al terremoto y tiene la fuerza de superar este momento de prueba.